lunes, 11 de noviembre de 2013

"Casablanca", por Álvaro Flores Coleto


Casablanca es una de esas míticas películas de la historia del cine, pero ¿por qué? Al igual que otros mitos, poca gente la ha visto alguna vez, lo que de ella se dice poco tiene que ver con su propia realidad y, según mi percepción, se han ido generando una serie de historias y de leyendas en torno a este film…poco fiables.

Con una narración sencilla y un argumento interesante y fácil de seguir, sorprende en primer lugar que el guión fuera escrito a la par que se iba produciendo la grabación. Un montaje casi 100% contínuo, sin complicaciones de ningún tipo y con una buena interpretación por parte de los actores hace de los 102 minutos del film un momento agradable, ya que no solo podemos verlo con afán documentalista, sino que su argumento tiene una validez clásica imperecedera, es decir: nos podemos entretener en comprender la película tanto como una actual, no es un mero visionado con el único interés de acercarte fríamente a la historia del género cinematográfico.

El argumento es sencillo pero tenso, una tensión que se aguanta bien y no convierte al momento en lento y desesperante. Me refiero a una historia de amor pasado y que parece que vuelve pero ya no es posible, todo ha cambiado y la vida de cada cual anda por senderos muy diferentes. La tensión es la que se palpa cuando los personajes de Bogart e Ingrid Bergman se encuentran por primera vez en Casablanca: se nota, se siente una cierta tensión cuando hablan del tema porque ellos saben lo que ocurrió y, en ese momento, el espectador está situado en una tercera persona cotilla como nunca que ansía conocer qué es lo que ocurrió hace unos años en París. Esa es la tensión que hace que el argumento se aguante continuamente, ya que en el momento en el que todo es mostrado, la película avanza inexorablemente a su propio final, un final que guarda otro momento de tensión: ¿se irá el señor Blaine con su amor platónico Ilsa Lund? ¿Delatarán a Víctor Laszlo? Nada de nada: Laszlo se irá con la que es su mujer porque así lo quiere Blaine; ella tiene que seguir con su vida, pero probablemente nunca olvidarán aquellos felices días prebélicos en París.

Entrando al contexto hablamos de una situación, en general, bastante compleja: nos situamos en la ciudad marroquí de Casablanca, en este momento perteneciente a Francia, que está empezando a ser invadida por la Alemania nazi. Allí irán refugiados galos con la única intención de ir de paso para llegar a Lisboa y coger un vuelo hacia los Estados Unidos. Pero a pesar de todo, allí las relaciones entre franceses y alemanes son, relativamente, cordiales. Esto es un polvorín a punto de estallar, cosa que nunca sucede ya que el capitán francés Louis Renault dispone y aplica la ley según le interese a él mismo. Solo tengo alabanzas hacia este marco que hace entrever las problemáticas nacionales del momento en un lugar colonial, lo que le da a la película un toque exótico muy destacable e incluso necesario.

La parte musical corresponde al ingenio y habilidad compositiva de Max Steiner, uno de los padres de la música cinematográfica. De origen europeo, Steiner llega a los EE.UU. en 1914 para trabajar en diversos espectáculos, llegando al cine en 1929 (RKO). Luego pasaría a la Warner Bros., donde realizaría, entre otras muchas, la música de Casablanca. En este caso, se trata de una música de gran sinfonismo, con diversos temas que se repiten de cuando en cuando a modo de leitmotiven. Una característica principal muy destacable es que se trata de una música llamada “partitura río”: nunca cesa el hecho musical, casi en todos los minutos de la película está presente la música de alguna manera, con algún cambio de instrumentación con son simples toques, siempre presente pero siempre abscondita. Esta es otra de sus características: su imperceptibilidad, salvo en los momentos de las canciones: abundantes y variopintas. Sin embargo, vemos algunos elementos ligeramente chirriantes, como el hecho que dentro del café, al encontrarse en otra sala “sin música”, se puede escuchar directamente la música sinfónica sin que se oiga de fondo, a modo de música diegética que proviene de Sam y su piano. No obstante, destacar el elemento arabizante de la música al comienzo para establecer claramente en el lugar en el que sucede la acción. También se recurre frecuentemente a motivos de La Marsellesa que indica la pertenencia patriótica, así como el elemento lucha de contrarios a través del canto del himno alemán y el francés en un extraño duelo musical que, argumentalmente, va mucho más allá.

Como conclusión, solo puedo recomendar la película a tantos y tantos como en alguna ocasión han dicho “tócala otra vez, Sam” y no saben ni que proviene de Casablanca, porque probablemente se lleven un chasco con una película de los 40 que tiene un discurso cinematográfico tan actual como hoy día pero con 70 años más, con un argumento para nada carcamal y con una música exuberante.

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