Casablanca es una de esas míticas películas de la historia del cine, pero ¿por
qué? Al igual que otros mitos, poca gente la ha visto alguna vez, lo que de
ella se dice poco tiene que ver con su propia realidad y, según mi percepción,
se han ido generando una serie de historias y de leyendas en torno a este
film…poco fiables.
Con una narración
sencilla y un argumento interesante y fácil de seguir, sorprende en primer
lugar que el guión fuera escrito a la par que se iba produciendo la grabación.
Un montaje casi 100% contínuo, sin complicaciones de ningún tipo y con una
buena interpretación por parte de los actores hace de los 102 minutos del film
un momento agradable, ya que no solo podemos verlo con afán documentalista,
sino que su argumento tiene una validez clásica imperecedera, es decir: nos
podemos entretener en comprender la película tanto como una actual, no es un
mero visionado con el único interés de acercarte fríamente a la historia del
género cinematográfico.
El argumento es
sencillo pero tenso, una tensión que se aguanta bien y no convierte al momento
en lento y desesperante. Me refiero a una historia de amor pasado y que parece
que vuelve pero ya no es posible, todo ha cambiado y la vida de cada cual anda
por senderos muy diferentes. La tensión es la que se palpa cuando los
personajes de Bogart e Ingrid Bergman se encuentran por primera vez en
Casablanca: se nota, se siente una cierta tensión cuando hablan del tema porque
ellos saben lo que ocurrió y, en ese momento, el espectador está situado en una
tercera persona cotilla como nunca que ansía conocer qué es lo que ocurrió hace
unos años en París. Esa es la tensión que hace que el argumento se aguante
continuamente, ya que en el momento en el que todo es mostrado, la película
avanza inexorablemente a su propio final, un final que guarda otro momento de
tensión: ¿se irá el señor Blaine con su amor platónico Ilsa Lund? ¿Delatarán a
Víctor Laszlo? Nada de nada: Laszlo se irá con la que es su mujer porque así lo
quiere Blaine; ella tiene que seguir con su vida, pero probablemente nunca
olvidarán aquellos felices días prebélicos en París.
Entrando al
contexto hablamos de una situación, en general, bastante compleja: nos situamos
en la ciudad marroquí de Casablanca, en este momento perteneciente a Francia,
que está empezando a ser invadida por la Alemania nazi. Allí irán refugiados
galos con la única intención de ir de paso para llegar a Lisboa y coger un
vuelo hacia los Estados Unidos. Pero a pesar de todo, allí las relaciones entre
franceses y alemanes son, relativamente, cordiales. Esto es un polvorín a punto
de estallar, cosa que nunca sucede ya que el capitán francés Louis Renault
dispone y aplica la ley según le interese a él mismo. Solo tengo alabanzas
hacia este marco que hace entrever las problemáticas nacionales del momento en
un lugar colonial, lo que le da a la película un toque exótico muy destacable e
incluso necesario.
La parte musical
corresponde al ingenio y habilidad compositiva de Max Steiner, uno de los
padres de la música cinematográfica. De origen europeo, Steiner llega a los
EE.UU. en 1914 para trabajar en diversos espectáculos, llegando al cine en 1929
(RKO). Luego pasaría a la Warner Bros., donde realizaría, entre otras muchas,
la música de Casablanca. En este caso, se trata de una música de gran
sinfonismo, con diversos temas que se repiten de cuando en cuando a modo de leitmotiven.
Una característica principal muy destacable es que se trata de una música
llamada “partitura río”: nunca cesa el hecho musical, casi en todos los minutos
de la película está presente la música de alguna manera, con algún cambio de
instrumentación con son simples toques, siempre presente pero siempre abscondita.
Esta es otra de sus características: su imperceptibilidad, salvo en los
momentos de las canciones: abundantes y variopintas. Sin embargo, vemos algunos
elementos ligeramente chirriantes, como el hecho que dentro del café, al
encontrarse en otra sala “sin música”, se puede escuchar directamente la música
sinfónica sin que se oiga de fondo, a modo de música diegética que proviene de
Sam y su piano. No obstante, destacar el elemento arabizante de la música al
comienzo para establecer claramente en el lugar en el que sucede la acción. También
se recurre frecuentemente a motivos de La Marsellesa que indica la
pertenencia patriótica, así como el elemento lucha de contrarios a través del
canto del himno alemán y el francés en un extraño duelo musical que,
argumentalmente, va mucho más allá.
Como conclusión,
solo puedo recomendar la película a tantos y tantos como en alguna ocasión han
dicho “tócala otra vez, Sam” y no saben ni que proviene de Casablanca,
porque probablemente se lleven un chasco con una película de los 40 que tiene
un discurso cinematográfico tan actual como hoy día pero con 70 años más, con
un argumento para nada carcamal y con una música exuberante.

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