[…Dentro de todo ser
humano hay un espíritu que anhela expresarse, quizá esta canción de Jazz
lastimera y afligida, sea después de todo, la expresión incomprendida de su
llanto.]
Con esta frase perteneciente al
comienzo de la que sería considerada la primera película sonora, El cantor de Jazz, del año 1927, podemos
hacer una crítica cinematográfica adentrándonos en el argumento desde el primer
instante.
Una historia fundamentada en lo que se
puede conocer como cine de melodrama, con la participación de unos
protagonistas principales que llegarán directamente a los sentimientos del
espectador, siendo estos los tres miembros de una familia judía (padres e
hijo).
El tema central será por decirlo de alguna
manera, el problema que le puede surgir a una persona cuando decide ir en
contra de sus costumbres o por el contrario, seguir los pasos que le han
inculcado siempre sus padres como ejemplo.
Jakie Rabinowitz, quien viene a
ser el protagonista principal, es un gran cantor que aprendió el oficio de
manos de su padre, quien le enseñó desde pequeño las canciones de la religión
judía con el fin de que fuera su sucesor. Pero a pesar de que conoce
magníficamente el repertorio y luce una gran voz, él se decanta por cantar Jazz
sabiendo que esto va en contra de sus antepasados.
Al pronunciarse en contra de cantar en las
celebraciones judías, es rechazado por su padre obligándole a abandonar su casa
dejando atrás su vida y a su madre que nada más que se limita a llorar por su
partida. Este será el comienzo de su nueva vida, como cantor de jazz, como
siempre había deseado. Su gran voz hace que pronto obtenga un gran
reconocimiento artístico que le llevará a ofrecer grandes espectáculos por
diversas ciudades. Siendo entre espectáculo y espectáculo donde conozca a la
que será su gran amor.
Pasan los años, y su padre se ve atrapado
por una enfermedad en la que reluce su vejez y mal estado que ya le impide
ejercer su profesión como cantor en las ceremonias religiosas. Jakie es
informado de esta mala noticia justo en el momento en el que se encontraba
preparando un gran espectáculo que le llevaría a la cima de su carrera
artística como cantor de Jazz. Aquí será donde se plantee el problema central,
se encontrará en el compromiso de elegir entre cantar en la celebración
religiosa para ocupar el puesto de su padre que se encuentra en un estado
grave, o por el contrario cantar en el que sería el mayor espectáculo de Jazz
de su vida.
Dejaré el final en el aire para que os
animéis a ver la película, no es cuestión de estropear ilusiones.
Pasando a niveles más técnicos, decir que
nos encontramos en una película bajo la dirección de Alan Crosland, director de
películas como The Flapper (1920), o Miami (1924). Está dirigida a todo tipo
de público, aunque quizás por ser mayormente muda, no sería fácil de entender
para niños o adultos menos cualificados.
El guión se muestra bien planificado, a
pesar de que toda la película en general muestre los “errores” típicos del cine
de la época, ya que como todos sabemos no contaba aún con muchos avances de
nivel técnico ni artístico. Los actores ejercen bien su papel aún mostrándose
extraños en el ámbito de lo sonoro, acostumbrados a que su voz no fuera oída
por el espectador. Los movimientos de cámara son buenos contando con el avance
del momento, pero si que hay que destacar algunos que pueden parecer bruscos en la pantalla. Y el vestuario no tiene nada que no sea
lo necesario para el trascurso de la historia, se puede decir que es el
apropiado.
Como conclusión y para finalizar la valoración
sobre esta película, decir que ha sido toda una grata experiencia el poder
disfrutar de los comienzos de todo este inmenso mundo del cine, que nos muestra
cada vez más la gran capacidad de extensión de valores científicos, artísticos
y personales que nos puede transmitir. Es cierto que al principio al ver que es
una película escasa en sonidos, se creía que sería aburrida viéndola ahora en
los tiempos de nuevas tecnologías en los que nos encontramos, pero
sinceramente, creo que es una película que se aparta de lo aburrido e incluso motiva aún más a ser amena el
hecho de que sea algo tan antiguo y fuera de lo que acostumbramos a tener a
nuestro alcance.
Seguro que os gustará, no todo lo moderno
es lo bueno. Como dice el refrán: “¡Una imagen vale más que mil palabras!”.
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